19 agosto 2010

La más alta de las poesías


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En Chile, cada cierto tiempo algo se convierte en "el tema", y todos hablan sobre él, hasta que deja de ser "tema". La pobreza, la salud han sido "temas". Ahora le tocó el turno a la educación. No es malo que sociólogos, economistas, cientistas políticos, psicólogos y hasta esotéricos intenten abordarla desde distintas perspectivas. La interdisciplinariedad siempre enriquece e impide que nuestra mirada sobre las cosas envejezca. Pero de ahí a creer que con ciertas recetas sociológicas, economicistas o de gestión importadas de afuera se va a encontrar la varita mágica para salvar la educación, hay una gran distancia. Sospecho de los mesianismos y reduccionismos de cualquier laya. Me preocupa que -al igual que en otros "temas"- una élite teórica que nunca ha pisado una sala de clases y que no tiene el amor en la sangre por la pedagogía (ese amor que debe ser "eros" y "caritas" al mismo tiempo) aplique grillas de lectura e interpretación a una realidad cambiante, multiforme, diversa como es la educación en nuestro largo y frágil país.
No es lo mismo enseñar con el desierto a las espaldas, que con la lluvia incesante cayendo sobre un techo de pizarra. Hay que tomar en cuenta las variables ocultas, delicadas de la pedagogía. "La naturaleza ama ocultarse", dijo un griego. La educación se oculta y se arranca cada vez que un voluntarismo teórico y sin amor pretende asirla y domesticarla. Quienes hemos hecho más de "cuarenta horas de clases semanales", como el profesor de un antipoema de Parra "que perdió la voz haciendo clases", sabemos que los profesores, los viejos liceos quedan, y muchas veces las reformas y teorías de moda pasan. Eso los profesores lo hemos aprendido con sudor y sangre, y a veces es verdad que nos aprovechamos del trauma, para resistir pasivamente a cualquier cambio. Pero es entendible: hay un instinto de sobrevivencia de los "de abajo" para protegerse de las súbitas iluminaciones de los de arriba.
A veces, la verdad ha sido enseñar contenidos; otras, promover competencias; después, el foco es la gestión. Y siempre hay un gurú nuevo que trae una nueva piedra filosofal. En muchos informes técnicos que he leído y seminarios a que he asistido, siento que faltan la mirada y la voz de los que están con nuestros niños en la sala de clases, llueva, tiemble o truene, esos artistas u orfebres anónimos de almas que son los profesores. Escucho poco hablar -cuando la educación es el "tema"- de entusiasmo, de amor al conocimiento. ¡Qué diferencia con Gabriela Mistral, que definía a la educación como "la más alta de las poesías"!
Es que muchas veces se está hablando sobre educación y no desde ella, con ella. "Sólo se conoce lo que se ama", dijo una vez Goethe. En educación, eso es un imperativo para cualquier reflexión o reforma. Hay que amar con desesperación y alegría al mismo tiempo la educación, para que no se convierta sólo en un objeto más para las chácharas de alturas en boga (la expresión es del gran profesor y humanista George Steiner).
Los ingenieros en transporte, que nunca habían tomado una micro amarilla en sus vidas, produjeron ese engendro que es el Transantiago. Por eso, los expertos deben bajar de sus olimpos y pasearse por los patios de los liceos de provincia y tomarse un cafecito en la sala de profesores con los maestros en Chiloé. En Chiloé, a los profesores todavía se los llama "maestros". Y tienen color, olor, textura de maestros. Yo aprendí conversando con una profesora en Tocopilla lo que era una biblioteca con alma. Y un profesor de un liceo oscuro de Santiago poniente me enseñó su secreto de cocinería para apasionar a sus alumnos con la geometría. Y aprendo mucho cada vez que pongo oído a una voz a veces gastada, pero viva.
Los grandes profesores hablan con sus silencios y con sus ojos, y no podremos mejorar la educación si no incorporamos sus miradas y sus voces al coro diverso de la "más alta de las poesías".

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