08 julio 2008

Cómo el etanol aviva la crisis de los alimentos

por Fernando Flores

El aumento del precio de los alimentos a nivel mundial no es fruto de la coincidencia, sino que se debe a la conjunción de una serie de factores que lo explican.

Para una comprensión detallada de este fenómeno recomiendo el presente artículo, cuyo extracto presento a continuación. Para la lectura completa del artículo (en su versión original en inglés) puedes acceder a través del siguiente link.

En el año desde la publicación de nuestro artículo “Cómo los biocombustibles pueden hacer pasar hambre a los pobres” (Mayo/Junio 2007), el precio promedio del maíz ha aumentado alrededor del 60%, la semilla de soya un 76%, el trigo un 54% y el arroz un 104%. Lo que al principio parecía alarmista, ha resultado ser una baja estimación de los efectos de los biocombustibles en las materias primas y el ambiente natural. Estos aumentos de precio son amenazas sustanciales para el bienestar de los consumidores, especialmente en países poco desarrollados que enfrentan déficit de alimentos. Son especialmente gravosos para los sin tierra rurales y para los pobres urbanos, que no producen ningún alimento. Josette Sheeran, el Director Ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos, llama a esto “el tsunami del hambre”. Robert Zoellick, Presidente del Banco Mundial, estima que hay 100 millones de nuevos pobres y personas hambrientas como resultado del aumento de los precios de los alimentos.

Aunque sigue la controversia sobre cuánto del aumento de los precios de los alimentos desde el 2006 puede ser atribuido a los biocombustibles, sus efectos no pueden ser obviados. En 2008, 30% de la cosecha de maíz de U.S.A va a ser usado para etanol. Aunque el crecimiento económico en los países en desarrollo (especialmente India y China) y las pobres condiciones de cultivos en ciertas partes del mundo exportador de alimentos (como Australia) son parte de la explicación para el aumento de los precios de las materias primas alrededor del mundo, ninguno de ellos ofrece oportunidades constructivas para una redirección de las políticas. Por contraste, la gama de subsidios, tarifas y mandatos protectores del sector de los biocombustibles, especialmente en los Estados Unidos y en la Unión Europea, están listos para una reforma.

La actual locura por los biocombustibles no es ni limpia ni verde. En vez de eso, ha irrumpido en los alimentos y en los mercados de materias primas y ha inflingido graves penalidades en los consumidores pobres. Estos desarrollos han ocurrido a pesar del record global de las cosechas de grano del 2007. Nuestros análisis (y virtualmente los de todos los demás), asume que la tendencia normal de la cosecha de grano van a continuar o mejorar. Pero las cosechas de maíz de U.S.A, a pesar de dramáticos aumentos a lo largo del medio siglo pasado, también ha mostrado significativas desviaciones de la tendencia, incluyendo bajas de 30% en algunos años debido al clima adverso. Los retrasos en las plantaciones esta primavera en el Cinturón de Maíz debido a condiciones más frías y más húmedas, están empezando a levantar preocupaciones sobre la cosecha de este año. Y, como ha sido reportado recientemente en el Wall Street Journal, muchos economistas “creen que la inflación de los alimentos va a aumentar más rápido que el estimado del USDA y probablemente continúe para el 2009”.

La política responsable de estas presiones, tanto en países ricos y pobres, no ha sido incentivadora. En vez de reducir los mandatos, subsidios y tarifas que apoyan a la industria del etanol, el gobierno de los Estados Unidos ha magnificado nueva legislación agricultora en el Congreso, con mayores subsidios, y ha intercambiado culpas a otros países (o a los economistas). La única reducción simbólica vino en el reciente proyecto de Ley de las granjas, donde se recortaba el subsidio al etanol desde 51 a 45 centavos por galón---difícilmente un cambio significativo.

Las protestas y enfrentamientos políticos relativos al aumento de los precios de los alimentos han ocurrido en varios países en desarrollo, incluyendo Egipto, Guinea, Haiti, Indonesia, Mauritania, Mexico, Marruecos y las Filipinas, Senegal y Yemen. En respuesta, muchos gobiernos han aumentado los subsidios a los alimentos, impuesto controles de precios, restringido exportaciones y quitado impuestos a las importaciones de alimentos. Rusia ha impuesto una tarifa del 40% en las exportaciones de trigo, esencialmente poniéndoles fin. Argentina, que normalmente es un gran exportador de trigo, ha aminorado sus exportaciones. Vietnam, usualmente el segundo exportador más grande de arroz después de Tailandia, ha prohibido las exportaciones de arroz al menos hasta que la nueva cosecha llegue al mercado. Estas restricciones del mercado reducen el suministro disponible en el mercado mundial y dirige mucho más alto los precios globales de esos granos, agravando la inestabilidad de los precios globales.

Casi una década atrás publicamos un artículo en Foreign Affairs (“Un festín removible”, Mayo/Junio 2000) llamando la atención acerca de la inseguridad global de los alimentos, y advirtiendo que las distracciones al rol del comercio y la inversión en los países pobres en desarrollo podría borrar el impacto positivo que el aumento de la productividad de la agricultura ha tenido cuando se trata de reducir el hambre global. Los biocombustibles se han transformado en una distracción tal, que amenazan tanto a la seguridad de los alimentos como al ambiente natural. Ahora es el momento para que los gobiernos respondan, no con mas distorsiones del comercio y subsidios, sino terminando con las políticas fallidas que han creado una industria artificial que está vaciando estómagos y erarios del mundo de los pobres.

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