13 diciembre 2008

Educación

Señor Presidente, he escuchado con atención este debate, que debiera ser uno de los más importantes, porque se halla en juego el futuro de nuestro país.

Creo que todos coincidimos en dos cosas que es necesario destacar: primero, en que todos amamos a Chile -de lo contrario, no estaríamos haciendo esta labor- y discrepamos en la forma de nuestro amor; y segundo, en que el futuro de esta nación depende, entre otras cosas, del futuro de su educación.

Concuerdo y no concuerdo con muchas de las afirmaciones hechas acá sobre el contenido de la iniciativa que nos ocupa. Empero, quiero aprovechar la oportunidad que constituye la conversación para hablar de manera distinta.

No convengo con la tesis general sostenida en esta Sala en el sentido de que a mayor conocimiento la gente va a ser más exitosa en sus tres dimensiones: la de la convivencia, la de la productividad y la de la sabiduría o sentido de la vida. Yo diría que son las tres cosas que están fallando por algún lado, no solo en Chile.

Estamos siendo menos competitivos. Y coincido con quienes aseveran que con una sociedad dedicada únicamente a la exportación de recursos naturales no vamos a andar. Estimo que al respecto nos hallamos todos de acuerdo: Derecha e Izquierda.

Ahora, no sabemos cómo cambiar aquello. Porque todas las fuerzas van para allá. Y eso nos es problema del Ministerio de Educación, naturalmente.

El problema de la educación es más grande que lo que llamamos “educación formal”.

De otro lado, si miramos lo que está pasando en sociedades como la norteamericana, donde hay un creciente desempleo a raíz de los progresos asiático e indio, también encontramos que a veces ciertas formas de educación no son productivas.

Y en algunas ocasiones me pregunto cómo lo han hecho los chinos, quienes destruyeron todo lo que tenían en educación con la revolución cultural durante diez años y, sin embargo, emergieron de las cenizas como una potencia productiva y tecnológica.

En mi concepto, nosotros nos hallamos en un cambio civilizatorio, y no vamos a poder modificar el enfoque de la educación si no lo agarramos por otro lado.

Y déjenme usar una metáfora para que se entienda mejor lo que pienso.

Sus Señorías deben recordar las siete plagas de Egipto. La gente y los animales morían en grandes cantidades, y no había mucho qué hacer. Empero, la gente hacía algo. Por ejemplo, descubrieron la cuarentena y, ante una peste, cerraban las ciudades. Después vieron que algunos no se enfermaban. O sea, no se sabía mucho, pero no se estaba totalmente errado.

En 1850 hubo un giro: se descubrieron las infecciones. Al descubrirse las infecciones, las plagas cambiaron. Hubo infecciones. Entonces, se desarrollaron lentamente métodos para observar microbios, bacterias, con un conocimiento insuficiente. No obstante, esto siempre será así. Nadie puede culpar a Pasteur de no haber descubierto los virus. Pero sí descubrió un nuevo principio: el del diagnóstico de las infecciones. Después vino la inmunología, y terminamos con los antibióticos y las vacunas, en un proceso de cien años.

Pienso que hoy nos encontramos en la misma instancia. El problema de la educación, el de la competitividad y el de la convivencia están cambiando porque estamos modificando nuestra relación con el resto del mundo.

En mi opinión, pensar que existe una cosa llamada “conocimiento” que debe enseñarse y transmitirse a los niños constituye una equivocación.

A lo mejor, alguno de ustedes dirá: “¡De qué está hablando este gallo!”.

Estoy hablando de eso. Y creo que debemos profundizar al respecto.

Un escritor italiano -no sé si Sus Señorías lo han leído; no es un científico, sino un humanista; al Senador Núñez, quien gusta de estas cosas, le va a encantar-, Alessandro Baricco, escribió la obra intitulada Seda y, asimismo, una serie de artículos en el “Corriere della Sera”. Y su libro Los bárbaros es el mejor tratamiento que he visto sobre la tecnología.

Dice Baricco: “Los bárbaros tienen una herramienta denominada “Google”. Y con Google se acabó la era de que el conocimiento es valor; ahora el conocimiento es commoditie. El problema es el discernimiento: cómo sabemos que todo lo que se está llevando a cabo hace sentido”.

Sin embargo, esa máquina de discernimiento -ustedes saben de qué manera trabaja- es social. La diferencia entre un buscador completo y un buscador de Google es que éste se alimenta de la búsqueda social anterior. Entonces, tiene una sabiduría social que está nutriéndolo.

El fracaso de Yahoo es el fracaso del cartesianismo en la era de los portales.

Entonces, yo diría que aquí tenemos un gran problema.

Me explico.

Todas las personas de 35 años han estado expuestas crecientemente a una digitalización espontánea, que no se aprende en los colegios, sino jugando, escuchando y bajando música. Y se suponía que el problema de la equidad digital era de máquinas; pero eso es mentira.

Si queda alguna duda, díganme qué pasa con los celulares: 500 millones en China y siete millones por mes en India; y progresivamente se convertirán, de una manera u otra, en computadores completos.

Acabo de visitar China con una señora Senadora. Allí vimos cómo la gente juega todo el día escribiendo en idioma local en sus celulares, los cuales tienen los mismos diez dígitos que los nuestros. Han inventado todo eso.

Entonces, la noción de verdad como una cosa profunda, deliberada, va quedando atrás. Y está apareciendo algo que consideramos negativo: el concepto de superficialidad, de surfing, de nómadas en el camino. Creo que eso va a quedar.

Pienso que si lográramos entender aquello podríamos cambiar nuestro sentido de la educación.

Y es una pena que no lo hagamos, porque Chile ha producido gente que desde hace muchos años ha logrado comprender que el problema cognitivo no es cartesiano, de representaciones, sino de acción y sentido.

En ese aspecto, quiero rendirles homenaje a dos hombres que, además, son amigos y maestros míos: Humberto Maturana y Francisco Varela. Si ustedes analizan la literatura, comprobarán que hace mucho tiempo ellos hicieron ver que el conocimiento era aquello.

Por eso los animales tienen conocimientos, habilidades y sentidos -quien lo dude puede estudiar más biología-, y sin embargo carecen de representaciones y de la necesidad de premiación y acumulación de reglas todo el tiempo.

En consecuencia, creo que debiéramos darle un giro a la educación. Pero estamos fregados, porque estamos poniendo nuestra esperanza en dos conceptos con los que me hallo en desacuerdo: la calidad y la inequidad.

La calidad es una invención japonesa de los ochenta. Si ustedes recuerdan, antes no se hablaba tanto de ella. Se empezó a dar cuenta de la calidad cuando Toyota comenzó a decir que tenía un método llamado “Total quality”, basado en determinadas reglas, que fue desplazando crecientemente a los modelos productivos de la General Motors y la Ford, hasta el día de hoy. La General Motors se encuentra prácticamente quebrada; Toyota sobrevive, y bien.

Empero, muchas compañías fracasaron en ese terreno. Por ejemplo, Polaroid, Fuji (por nombrar una japonesa). Porque la calidad no se hace cargo de la innovación, del desplazamiento de la realidad.

Entonces, una de las cosas que me preocupan es que vamos a mejorar la calidad pero no le daremos a la gente capacidad para mutarse dentro de una realidad que será muy distinta en todo sentido.

Quienes conocen de biología y poseen información médica saben perfectamente que en medicina están ocurriendo cosas y que nosotros no sólo seremos mutantes culturales, sino también mutantes biológicos, cibernéticos, con aparatos de todo tipo que deshumanizan.

Pues bien, ¿habrá dentro de esa vida necesariamente mayor superficialidad? Yo digo que no. Depende de la opción que tomemos.

Ahora, un país chico como el nuestro no debiera imitar a otros, como Finlandia. Porque ésta es una nación que recibió una gran cantidad de educación en ingeniería, tal como ocurrió con Estonia, gracias a la Unión Soviética por lo demás, que actuó muy fuerte en esa materia. Y nosotros no podemos desprendernos de ello de la noche a la mañana.

Nuestras ilusiones han estado puestas en los MBA, en las carreras de abogacía, en las de ingeniería industrial. Hoy día carecemos de gente con ética científica. Hubo más ética científica que ahora en la época de Gómez Millas, quien logró mandar a estudiar afuera a entre veinte y treinta jóvenes chilenos -entre ellos Maturana- y acortarles la carrera. Francisco Varela estuvo dos años en la universidad, lo mandaron a estudiar a Harvard y sacó un doctorado en cuatro años.

O sea, algunos recibían buena educación.

También coincido con el Senador Horvath y la Honorable señora Matthei en cuanto a que la educación de los colegios particulares, donde queremos medirnos con la segunda vara, la igualdad, es mala. En las mediciones los colegios privados tampoco van bien.

Entonces, si queremos resolver aquella situación, ¿por qué no resolvemos el problema en su conjunto?

Y ahí tenemos un inconveniente con la noción de igualdad.

Yo preferiría que, en vez de hacer reformas generales, pusiéramos a competir a nuestro sector público en excelencia.

Me encantaría que cada región tuviera un Instituto Nacional -por usar una metáfora- del siglo XXI (completo, bien equipado); que tres años después contáramos con tres más, y así sucesivamente.

En Singapur he visto cómo lo hacen.

Cinco por ciento de los colegios son declarados de excelencia creativa; se deja ahí a los mejores profesores y se les permite hacer prácticamente lo que quieran.

El segundo grupo, de quince por ciento, aplica lo que aquellos colegios desarrollan, y después, en otros tiempos, va subiendo.

En el caso nuestro, el deseo de mejorar la educación desde leyes y reformas generales, con gente incompetente -como nosotros, que no entendemos la materia-, nunca va a cristalizar.

Aquí nos ponemos, como cardenales romanos, a hablar de una cosa que no entendemos y no escuchamos a la gente. Y -al respecto, coincido con el Senador Cantero- es raro que por un lado haya acuerdo, y por otro, tanto desacuerdo, de todas partes. De modo que se trata de una experiencia frustrada.

En consecuencia, voy a votar en contra de la ley en proyecto exclusivamente por lo que no tiene. No juzgo con ello la calidad de lo que se manda ni la labor de la Ministra de Educación. Simplemente estoy diciendo: “Colegas, ¡atención! Este es el problema más serio de Chile. No nos hemos dado el trabajo de conversar sobre la materia. Y ésta es la única ocasión que tenemos para hacerlo”.

Yo no fui parte del acuerdo ni de la levantada de manos. Tampoco participé en las preparaciones. De manera que me siento con absoluta libertad para votar en conciencia.

Sé que ganará la posición favorable a la iniciativa. Espero que en las próximas discusiones la cosa mejore. Pero nos hallamos equivocados respecto a lo que estamos llamando “educación” y a cómo atenderlo.

La educación no es la transmisión de conocimiento: es formar gente que sea capaz de convivir mejor, de hacerle sentido a la vida y de innovar productivamente en un mundo que está en permanente cambio, para posibilitar que los conocimientos que los alumnos tengan al culminar su aprendizaje les sirvan a los fines de realizar el trabajo para el cual se los va a contratar.

Si a la mayoría de nosotros se nos hiciera un test para medir nuestros conocimientos, seríamos un buen ejemplo de que aquel concepto sobre calidad de la educación no funciona.

Un distinguido profesional de la educación, Juan Casassus -ustedes deben conocerlo- ha escrito un paper sobre la materia.

Entonces, yo digo “de qué estamos hablando”.

Voto que no.

Categoría: Chile,
Etiquetas: Fernando Flores,

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