08 abril 2013

Fumadores y catadores

Edwards, Jorge 
Viernes 22 de Marzo de 2013
Fumadores y catadores
Los que saben, los lectores viejos, reincidentes, dicen que la relectura es mejor que la lectura. No sé si ponerlo en esta forma. Creo que cada lectura de un libro es una experiencia diferente.El Quijote de mi adolescencia escolar no es el mismo de mis años maduros en Barcelona. Y esta diferencia, este redescubrimiento continuado, justifica la fidelidad al mundo de los libros. El que no lee pierde una parte importante de la vida. Si lee en pantallas electrónicas y no en papel impreso, el asunto me inquieta poco. Incluso hay una sensible diferencia entre leer ediciones de bolsillo o ediciones de calidad. Al final del recorrido, las personas razonables van a elegir la calidad.

Entiendo que el promedio de lectura de los chilenos es inferior a un libro por año. Y que nuestra comprensión de lo que leemos es escandalosamente baja. Vamos mal, entonces. Si hay sectores donde la lectura de libros prospera, por elitistas que sean, hay que cuidarlos. ¿Se trata de educación gratuita e igual para todos, o de deseducación gratuita y ampliamente repartida, perfectamente igualitaria? Hay que subir los sectores de bajos niveles como sea, con el dinero y el esfuerzo necesarios, pero no suprimir los puntos más altos. Esto último, comoobjetivo político, me parece equivocado, demagógico.

No creo que París, como centro de cultura, de vida literaria, de actividad artística, sea hoy lo que fue en el pasado. No es el París de mi juventud, el de la década de los sesenta. Pero todavía conserva una chispa, una electricidad ambiental, un aire estimulante, provocador. De repente me encuentro en la obligación de estudiar a Tomás Moro, ya que debo presentar una nueva biografía suya a un círculo de embajadores y hombres de letras. Y me piden, en otro lado, que participe en el lanzamiento de un nuevo ensayo sobre Italo Svevo. Me tocará estar en la mesa al lado de Claudio Magris, el escritor triestino que conocemos bastante en Chile, coterráneo de Svevo, y de Maurizio Serra, embajador italiano y autor del libro. Podría excusarme, con el pretexto de mi ignorancia sobre el tema, pero he leído a Svevo en épocas pasadas, en su obra maestra, La conciencia de Zeno, y en muchas de sus crónicas y relatos breves, y prefiero comprar los libros suyos y emprender la relectura y la lectura a marchas forzadas. Mis compañeros de mesa redonda sabrán mucho más que yo, pero podré agregar, como lector chileno, marginal, curioso, algunas ideas. Es lo que se necesita para una mesa redonda, para que no salga demasiado cuadrada. Y descubrir cosas nuevas, en el pensamiento, en la literatura, en la pintura, en la música, es una manera de renovarse, de rejuvenecer. No estaría mal que los lectores jóvenes tomen nota. Es entrar en una experiencia intelectual y estética, y olvidarse de eslóganes, de consignas, de fórmulas fáciles.

Leo un divertido ensayo sobre el acto de fumar, seguido de una descripción interesante de un barrio de Londres. Svevo, fumador empedernido, que intentó dejar el cigarrillo centenares de veces, con los métodos más diversos, termina por ser uno de los defensores más sutiles del tabaco. Me trato de acordar de escritores tabaquistas: Jean-Paul Sartre, Albert Camus, el joven Mario Vargas Llosa, Jaime Gil de Biedma. No sé si Marcel Proust, asmático, fumaba, y me imagino que Guillermo Shakespeare podría haber fumado. Pablo Neruda fumaba pipa, pero daba la impresión de que se aburría de hacerlo. ¿Y James Joyce, el gran amigo escritor de Italo Svevo? Joyce, en Francia, bebía un vino que en su tiempo llevaba el nombre de Clos Saint Patrice, quizá por su nombre de santo irlandés, pero en todo caso por su calidad. El Clos Saint Patrice es el antepasado directo de los Chateauneuf du Pape de nuestros días. Primero viene la región del Beaujolais, un tinto que se aprecia mejor cuando está nuevo y que mucha gente prefiere beber frío. Más abajo, en las orillas del río Ródano, aparece un tinto de calidad algo mejor, elBeaujolais Villages, y todavía más abajo, el Chateauneuf du Pape, bautizado así en honor y en referencia a los papas cismáticos de Avignon. No es que se necesite conocer historia de la Iglesia, e historia de la literatura, para leer páginas interesantes y para catar buenos vinos, pero tampoco está demás saber algo de estas variadas cuestiones. Fui invitado hace ya dos o tres décadas al castillo del Clos de Veugeot, en el corazón de los viñedos de la Borgoña, y entronizado en la Cofradía de losChevaliers Tastevin (Caballeros Catadores de Vino). Uno comía cinco platos, probaba seis categorías diferentes de blancos y de tintos, y al final tenía que hincarse en una tarima y beberse un copón entero de tinto capitoso de los viñedos del castillo. Si era capaz de ponerse de pie después, era ungido por un personaje de vestimenta medieval con un golpe de espada en el hombro y proclamado miembro de la cofradía. Quedaba constancia en un pergamino y en una escudilla sujeta por una cinta con los colores amarillos y rojos de los borgoñones. Para memoria en lo futuro, como decía el otro caballero, el de la Triste Figura.

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